NEGLIGENCIAS

UNA PARTE DE MI TERCER LIBRO:  VIVENCIAS Y AVENTURAS

UNO

(Me sugirieron algunas personas que para escribir lo siguiente, debería omitir algunos nombres de los médicos y enfermeras por mi seguridad y así lo hice. Este escrito es el único más extenso en este blog, pero !tenía que decirlo todo!)

En la navidad del 2009, comenzaría a cambiar mi vida, ésta era “relativamente” tranquila, aunque un poco triste, porque extrañaba a 4 mis hijos que vivían en otros países, todos casados, pero en esta fecha vendría una de mis hijas con sus dos niños,  de 2 y 4 años respectivamente,  a pasar la navidad conmigo y apenas los iba a conocer.

    Voy a comenzar mi relato desde esa navidad, que mi hija decidió ya no regresar a su casa con su esposo y que se quedarían a vivir conmigo con sus dos hijos,  Tendría unos dos meses en Hermosillo cuando por fin consiguió un trabajo en la Secretaría de Turismo y debía viajar a Finlandia por mes y medio para promover a los indígenas de Sonora y saldría en 3 días. Después de anunciarme semejante responsabilidad que yo tendría durante ese tiempo con los niños, casi me da un infarto del susto, porque casi no los conocía, eran muy pequeños y el niño muy grosero. Tendría un arduo trabajo con ellos y mi vida tranquila y triste terminaría así.

   El primer mes, los niños fueron totalmente transformados en cuestión de educación y disciplina y mi vida seguía teniendo cambios. Cuando ya le faltaban sólo 10 días para regresar a mi hija de su largo viaje, los niños y yo estábamos dormidos, alrededor de las 9:00 de la noche. Era el día 24 de abril y un vecino estaba con el radio de su camioneta a todo lo que daba. Los vidrios de mi casa retumbaban, entonces decidí llamarle la atención y me levanté rápido descalza, llegué hasta la cocina con la luz apagada y sentí el piso mojado, prendí las luces y me fui a regañar Bianca una perrita tipo Dálmata, cruzada con “corriente” callejera, recientemente adoptada por los niños, que estaba también cuidando y entrenando, mi vida sí que “había cambiado radicalmente” y ¡todavía me faltaba!

   Me puse a limpiar el piso y con ello olvidé para qué me había levantado. Me regresé a dormir, pero pasé un rato dando vueltas en la cama, gracias al vecino escandaloso. Me volví a parar corriendo y otra vez descalza y sentí el piso mojado donde antes lo había limpiado. Prendí las luces y me acordé de que en la tarde había comprado unos garrafones de agua y  que al bajarlos de la camioneta, uno se me había resbalado de las manos al bajarlo.  Como era poca el agua que se estaba saliendo, no se podía apreciar por dónde se estaba saliendo. De inmediato le pedí disculpas a la perrita Bianca y regresé a revisar “malamente” el garrafón. Prendí todas las luces, lo tomé para ver contra luz, de dónde se le estaba saliendo la gotita de agua y al levantarlo, ¡ZAZ! me resbalé con tanta velocidad de espaldas, además me cayó encima del pecho el garrafón con 20 litros de agua. También me golpee fuerte  la cara contra el refrigerador al caer, quedándome de inmediato el ojo izquierdo hinchado y toda la cara me cambió de color.

DOS

   Escuché cómo me tronó todo por dentro. Comencé a sentir un dolor muy intenso. Quedé con las piernas cruzadas sin poderlas desdoblar. Rápido pensé qué hacer, no podía moverme, no podía ponerme siquiera de pié, los niños dormidos y yo ahí tirada. Comencé a llorar un poco asustada, desconociendo la magnitud de mi problema.  Bianca, se acercó a mí y me lamía la cara y daba vueltas y vueltas a mí alrededor, asustada o pensaría que estaba en el piso para jugar con ella.

   Traté de tranquilizarme e intenté avanzar un poco, me dolía mucho, sólo lograba moverme despacito, no podía pararme. Se me ocurrió arrastrarme cautelosamente con  mucho dolor hasta la recámara que estaba después de un pasillo corto, como a 8 metros y con una mano me estiré para abrir la puerta del cuarto, sentí que me arrancaban algo por dentro del cuerpo, llegué dando gritos de dolor hasta el closet y desde abajo jalé unas muletas que guardaba ahí, de otro accidente aparatoso que tuve a principios del 2010 (esa es otra historia).

   Para incorporarme fue en verdad la muerte, un dolor indescriptible, pero lo logré hacerlo por el pendiente que tenía de los niños.  Ellos continuaban dormidos.  Me dirigí con las muletas hacia el teléfono de mi casa que estaba como a 3 metros. El dolor cada vez era más fuerte. Eran después de las 10.00 de la noche y el vecino continuaba con su ruido, se me ocurrió llamarle a su esposa para que me viniera a auxiliar, ya que estaban tan activos.  Le marqué, le dije que era una urgencia, que viniera pronto a mi casa, que tardaría en abrirle la puerta, pero que me esperara. Al abrir me sentí muy débil y me desvanecí, ella se asustó mucho al verme como estaba, con el ojo hinchado y en las condiciones que me veía, me preguntó:

          –       Pero ¿Qué demonios te ha pasado?

   Brevemente, le conté que me había resbalado y caído con el garrafón de agua.

          –      Te ves muy mal, voy a llamar a la Cruz Roja.

          –      Ok, pero y  ¿los niños?,  están conmigo.

          –      No te apures ahorita mismo, mi esposo y yo nos encargamos de ellos.

   Mientras llegaba la Cruz Roja que tardó un poco más de media hora, ellos se llevaron cargando dormidos a los niños a su casa, ni cuenta se dieron de nada. Les di las llaves de mi casa y yo me colgué mi celular en el cuello para estar en contacto con ellos para cualquier cosa.

   Los de la Cruz Roja, me revisaron y me subieron a una camilla con mucho cuidado y trabajo, porque cualquier movimiento me dolía hasta el alma. Les pedí me llevaran las muletas conmigo por si las necesitaba de regreso. Me fui sola en la ambulancia, cada tope, cada piedrita que pisaban, eran un dolor que no puedo ni siquiera describirlo. Aquí empezó realmente mi viacrucis. Me llevaron al IMSS junto al Auditorio Cívico y estaba lleno, entonces les pedí me llevaran al ISSSTE porque también tenía el servicio de ellos.  Llegamos al ISSSTE alrededor de las 11:00 p.m. Inmediatamente, me sacaron radiografías, las vieron y me dijo el médico:

         –     ¡Listo, señora eso fue todo! Sólo un golpe fuerte.  Le pondremos una inyección para el dolor y al rato se puede ir.

         –      Bendito sea Dios,  qué susto me pegué.

   Me pusieron una inyección, yo creo que era para caballos, pues en una hora me quitó el dolor y me dijeron que esperara un rato más y si quería ya me podía retirar.  Yo misma me bajé de la camilla, tomé las muletas, le llamé a Iris, que pronto pasó por mí alrededor de las 5:00 a.m. y le dije que sólo había sido el golpe, que gracias a Dios estaría bien. De regreso le conté, por qué me había caído por el radio fuerte de su esposo. Llegando lo regañó y le apagó el radio que aún tenía encendido. Estaba un poco borracho. De nuevo cargaron a los niños a mi casa, se medio despertaron, les dije que había tenido un “pequeño” accidente, que se durmieran. Me hicieron caso.

   A las 2 horas, de haber llegado, me paré con las muletas, me dolía un poco, pero debía llevar a los niños a la escuela, antes de salir les di un vaso de leche como siempre. En la guardería desayunaban y comían.  En la escuela, no pude bajarme y le pedí a una mamá que me ayudara a bajarlos. Comencé a sentirme mal.  Me regresé a la casa manejando, me bajé como pude de mi Ranger Standard, le llamé a mi vecina y le dije que me estaba sintiendo mal, que me dolía mucho. Me dijo que me acostara a descansar toda la mañana que ella iría por los niños.  Llamé a la escuela y ella los recogió.  Me dolía tanto, que hasta se me ponía la piel chinita, me habían dado sólo Paracetamol y lo estaba tomando, pero de nada me servía y decidí no seguirlo tomando porque me ocasionaba gastritis.

   Esa tarde cuando llegaron los niños, apenas si podía moverme aún con las muletas. Hice un esfuerzo sobre humano a la hora de bañarlos, y más tarde darles de cenar y acostarlos. Ambos, trataban de ayudarme, se veían muy preocupados. No localizaba a su mamá y ella no se comunicaba, sólo por su correo electrónico estábamos en contacto. Cuando se enteró, ya habían pasado 3 días, pero ella pensó que estaba exagerando, como cada rato me pasan cosas y siempre me curo rápido, no regresó sino 7 días más tarde, o sea 10 días después del accidente.

   En cuanto llegó, le pedí me llevara a urgencias del ISSSTE que no me sentía nada bien y en urgencias, no me quisieron ni siquiera revisar, que no era urgencia que ya tenía 10 días, que sacara cita con el médico general. No podía creerlo, yo sentía que me moría y ellos me mandaron a consulta externa. Les lloré, pero de nada valió. Pasé 5 días más así. Fui a consulta externa casi arrastrándome con las muletas, el médico no daba crédito de lo mal que me veía y que no me recibieran en urgencias.  Vio las radiografías que llevaba y de todas formas me mandó sacar  a urgencias otras nuevas. Tenía que movilizarme desde la Col. del Palo Verde que es donde está ese consultorio, hasta el Hospital del Issste en la Col. Loma Linda. En urgencias fui atendida por el doctor encargado de las radiografías, confirma, sin haberme revisado físicamente, diciendo:

        –     Sólo presenta una pequeña fisura y la misma ya se ha consolidado. Debe tener mucho reposo. Tome vitamina B-12 y Paracetamol.

CUATRO  TRES

(Moribunda, pero tengo que estar haciendo siempre algo)

   Pasaron 6 días más, creía que no la libraba, sentía que me moría, era cada día más intenso el dolor, para ir al baño, para sentarme en la cama, para dar cada paso, era infernal. No estaba tomando nada para el dolor, no quise tomarme el Paracetamol. Mi hija, pensaba que estaba exagerando, sí me atendió, pero no del todo como debía, muy superficialmente, pues los niños la absorbían totalmente. No me quedaba más que resignarme y valerme por mí misma. Nuevamente sacamos cita con el médico general, para mostrarle la radiografía, pasé así otros 5 días.  Era un calvario muy fuerte el que estaba sufriendo, se lo ofrecía a Dios cada instante, cada día. Una de mis mejores amigas, Isabella con quien toda la vida estaré agradecida, me consiguió entre sus amistades una silla de rueda chica, que fue de mucha ayuda para mi dolor. Con ella podía ponerme más fácilmente de pié de la cama e ir al baño, con menos dolor y esfuerzo. Encontré la manera de aprender aguantarme mis dolencias, de sobrevivir y saber cómo moverme para lastimarme menos, ya que me valía por mi misma para todo lo que yo requiriera, hasta para tomar un vaso de agua.  Finalmente llegó la cita de la consulta externa,  ya llevaba con ese suplicio 21 días, sin analgésicos, ni nada, desde el accidente. El doctor ve la radiografía y me dice que debo tener algo más, que me mandaría a sacar otra serie de éstas. Hay vamos de nuevo de un lado para el otro de la ciudad, de la clínica al hospital para esa nueva orden.  Igual, cada tope, cada bordito de la calle, ¡me dolía todo! iba mi hija muy, pero muy despacio y aún así me dolía muchísimo cada movimiento, cada vibración del carro.

   Llegamos al hospital del ISSSTE y les doy la orden de las radiografías, me pasan con el doctor y me dice:

         –       ¿Otra vez señora?

        –         Pues sí doctor, ¡me siento morir, me siento muy mal!

    Se lo dije en un mar de llanto. Sonrió y me llevó con cuidado a las radiografías.

   Como ahora me sacarían una serie de radiografías, cada movimiento en la plancha era un tormento para mí.  Inmediatamente me internaron en urgencias, sin decirme ni una sola palabra. Fueron a hablar con mi hija. Yo no podía escuchar lo que decían, estaba en medio de dos camas y de dos enfermas. La de la izquierda estaba dormida, así que sólo saludé y me presenté con la señora que estaba a mí derecha, tenía el mismo nombre que yo Consuelo, de apellido Gutiérrez:

        –         Qué coincidencia yo también soy Consuelo, me caí y me rompí la pelvis, ya se me está pegando, pero me siento muy mal y ¿usted?

        –         Yo estoy aquí por la presión y casi ya no la cuento

        –          Espero pronto salgamos de aquí, ¿verdad?

        –         Sí, ojalá

   Entra mi hija, me dice que me quedaré un día más ahí, que ella se va con los niños, que al día siguiente vendrían a verme. Eso fue todo lo que me dijo.  En cuanto ella se fue, me pusieron un bolsón grande de suero color amarillo claro, le pregunté a la enfermera:

        –     ¿Qué es? (parecían orines)

        –      “Suero”  y tendrá que acabárselo en 24 horas.

        –      ¿Para qué sirve?

        –       Es un hidratante “especial” señora

   En cuanto se fue, comenzaron rápido a caer las gotitas. A los 10 minutos me comenzó a doler la cabeza. Le llamé de inmediato a la enfermera, le dije:

        –      Señorita, me está comenzando a doler la cabeza,  ¡nunca me duele! es muy raro que algún día me duela y es por alguna razón.

Revisó el frasco y le bajó a la velocidad y me indicó:

        –      ¡Duérmase!

   Cerró las cortinas de mi área y se retiró. Mi tocaya ya estaba dormida. Me di cuenta de que su bolsa de suero era más pequeña y diferente a la mía, como de un litro. En cuanto se salió la enfermera, cerré la llavecita de las gotas del suero. Cada vez que veía los pies de la enfermera, rápido la abría un poco. Se iba y la volvía a cerrar. Lo hacía porque desconfié de ese suero, primero por el dolor de cabeza, que en mi no es nada común y que no se me quitaba,  segundo el color, tercero el tamaño y cuarto el tiempo que debía transcurrir con él, nunca me habían puesto un suero de ese tipo, es más nunca había visto un suero así. Tengo un sentido común muy desarrollado para algunas cosas y creo fielmente en él.

   Así me la pasé unas 4 horas, hubo cambio de turno y algunas enfermeras a ratos se veían por ahí o por allá. No dormí por estar cuidando el dichoso suero. Sólo quedaba yo en esa área. A mi vecina de la izquierda, ya la habían dado de alta hacía un buen rato y a mi tocaya, tenía un ratito que se escuché estaba grave y la llevarían con urgencia a “piso”.

   Hicieron tal escándalo, que si he estado dormida, ¡de seguro! me matan del susto. No respetan a los enfermos para nada.

   Llega mi hija por la mañana como a las 11 a.m., había dejado un rato a los niños con Iris, mi vecina. Me ve y me pregunta:

        –      ¿Ya te dieron de desayunar mamá?

        –       Sí

       –       ¿Cómo te sientes?

      –     Igual de adolorida y un poco mareada, no pude dormir en toda la noche y me duele la cabeza

        –           Es que te veo muy pálida, ¿qué te están poniendo?

      –        No sé, “creo” es un suero “especial”, pero no les tengo nadita de confianza, hija.

   Se pone a ver qué contiene el dichoso suero y ve más que el contenido el nombre que tenía arriba el frasco, dice en voz alta el nombre:

      –        ¿Qué? ¿Consuelo Gutiérrez?

       –        !Oh Dios! Ese es el nombre  de la señora que estaba a mi lado que se la llevaron urgentemente a “piso” en la media noche.  ¡Hay mija! Me latía a mil por hora el corazón

   Se puso muy nerviosa y me dijo:

       –       ¿Pero, cómo? ¡No puede ser!

  Salió muy molesta corriendo a buscar a la enfermera y a la doctora en turno. Escuché los gritos de mi hija, un poco retirado, que le gritaba a la doctora:

     –        ¡Por qué le están poniendo el suero de otra enferma a mi madre! ¿Qué les pasa?

   La enfermera se acercó, revisó y dijo:

    –     Usted es Consuelo Gutiérrez ¿verdad?

   –    ¡No, señorita, yo  soy Consuelo pero no Gutiérrez! Ese, es el nombre de la señora que estaba aquí a mi derecha, ella me dijo que así se llamaba.

   Sale velozmente y regresa con la doctora encargada de urgencias y se justifican diciendo que es lo mismo, que no hay problema, pero me lo retiran.  Pide la doctora hablar con mi hija a solas y se van. Mi hija sigue furiosa.

   Me puse a pensar ¿Qué me hubiera pasado de meterme ese suero “especial” durante 24 horas en mi cuerpo, cuando era para una persona con problemas de presión?  Igual me quedó la duda para siempre: ¿Se murió mi tocaya? por ponerle mi suero “especial” y no ¿el que debían?

   Como a la hora, regresa mi hija llorando. Me asusto y le pregunto:

        –     ¿Y ahora qué pasó, mija?

       –      Nada mamacita, nada y me acariciaba la cabeza y  me dio un beso

       –     Pero dime ¡qué pasa!

   Me asusté mucho, el corazón me latía muy rápido, pensé lo peor.

       –       Nada mamá y seguía llorando con mucha angustia

      –       ¡Qué fue lo que te dijo la doctora, dime, por favor dime!

     –       No, nada mamá, nada más es que me hizo enojar mucho. Todo está bien, te van a pasar a “piso”

      –     ¿A “piso”? ¿ahora a mi? pero ¿por qué?

   –  Porque te quieren hacer unos estudios, porque tienes en la columna unas manchitas.

       –     ¿Y?

       –     Pues tienen que ver si también están quebradas.

       –    ¿Cómo? ¡Uyyy!

      –      Pues resulta mamita, que  tienes ¡SIETE FRACTURAS EN EL SACRO!

     –      ¿Qué, qué?  ¡ya ves,  21 días!  y ¡nadie me creía!

     –       Sí,  mamacita,  perdón,  no te preocupes, vas a estar bien,  ¡Te lo prometo!

  Mi hija se va, me deja bien preocupada, con lo del sacro. No me acordaba exactamente cómo era “éste” y menos, cómo podía fracturarse 7 veces y la fractura de la pelvis, ya se me había olvidado. Una hora más o menos después, me pasan al segundo piso a un cuarto sola.  Me dicen que me quite todo lo que traiga de metales, anillos o aretes. Sólo llevaba 3 anillos, uno de oro y dos de plata,  los metí en una cajita de medicinas que me habían dado y la metí en el buró del cuarto. Acto seguido, me llevan a hacer una serie de radiografías, en total 36. De repente, pensé que me volvería “un ser de luz” o radioactiva y empezaría a brillar como extraterrestre de tantos rayos equis. Me preocupaba que le pasara algo a mis células con tanta radiación. ¡Ni cómo salir corriendo!

   Sólo pregunté:

       –      ¿Más radiografías? ¿Están seguros que no me va a afectar a nada?

       –      Sí, señora estamos seguros, tranquila

   Cuando me regresaron de las radiografías a mi cuarto, lo primero que hice fue revisar si estaban mis anillos todavía, pero ya me habían robado dos de los tres, uno de plata y otro de oro y se lo dije en ese momento a la enfermera de nombre Ivonne, quien de forma muy grosera, me dijo que no vio a nadie entrar al cuarto, que seguro me había yo equivocado. Le insistí que uno de los anillos era invaluable, que había sido de mi abuela, luego de mi madre.  ¡Caray, ahora era su palabra contra la mía! Así que ya no dije nada, ya encontraría el momento, para quejarme, ahora tenía otras cosas más importantes que me preocupaban. Doblemente para desconfiar hasta de mí sombra.  Estuve sola en el cuarto, toda la tarde y noche, sólo entraban o salían  las enfermeras, no me informaban de nada. Juro que ya no confiaba en nadie del hospital.

   Al día siguiente, comienzan a aparecer varias amigas mías, que me van a saludar al hospital, me da mucho gusto, verme rodeada de ellas.  Mi hija había puesto en “mi” Facebook un comunicado muy peculiar acerca de cómo me encontraba y todos mis conocidos y amistades se asustaron mucho y me fueron a buscar al hospital. Parientes y amigas que hacía mucho tiempo que no veía. Yo desconocía por completo ese asuntito del “Facebook” y nadie me comentó nada. Se me hizo muy buena onda ver a mis amistades visitándome como si fuera un hotel, estaba yo sola en el cuarto que me habían asignado y que era para dos personas. Ese mismo día por la tarde, me enteraría de algo siniestro. Llega mi hija después de la comida, en compañía de un doctor. Se quedan a la entrada del cuarto, yo estoy acostada, me hago la dormida, los escucho hablar un poco bajo, casi en secreto, se asoman y dice el doctor:

       –     Parece que está descansando, (refiriéndose a mí).

   Se van hacia la entrada del baño y puerta principal del cuarto. No los veo, pero los escucho muy bien.  Le dice el doctor, con la voz un poco baja  a mi hija:

    –    Mire señora, le recomiendo que de momento no le diga nada a su madre, su estado es muy delicado y podría agravar mas las cosas. Déjeme decirle que mejor esté tranquila. En verdad señora, lo siento, “no le quedan más de 20 días de vida”.

   En la ¡Madre! ¿Qué acababa de escuchar? ¿A quién fregados se estaban refiriendo?  ¿Quién se va a morir?  Hice como que no sabía quiénes eran, y grite:

       –     ¡Hola! ¡hola!  ¿Quién anda ahí?

       –     Buenas tardes señora, soy el Director de este hospital.  Su hija ya me comentó lo que sucedió con lo del suero, no tengan cuidado, eso ya está solucionado y bajo control. Ahora señora, quiero decirle que mañana temprano pasará a quirófano porque le van a practicar una biopsia en el hueso del sacro por la parte trasera.

      –     ¿Cómo dice? pero ¿por qué doctor?

      –       Son solo alternativas y procedimientos de rutina señora.

      –       No doctor, yo no voy a permitir que lo hagan.

     –        Es necesario señora

     –        No, doctor  ¡NO!

    –        Mire señora, quiero que comprenda que es por su bien

   –        ¡No  doctor!, no voy a cambiar para nada de decisión

   Entonces le dice mi hija:

       –        Mire doctor, voy a hablar a solas con ella y luego salgo a hablar con usted  ¿de acuerdo?

      –        De acuerdo.

   Salió el doctor y mi hija me trató de convencer de que permitiera que me hicieran la biopsia. Yo sabía perfectamente que una biopsia está relacionada con el cáncer. También sabía que NO TENIA CÁNCER.  Le digo a mi hija muy angustiada:

     –      No mija linda, no voy a permitir que me comiencen a destajar, ¡No, No, mi vida!

    –      Pero mamá, es que tienen que ver si tienes “algo”.

    –      No, ¡yo no tengo nada! Marixchel.

    –     Mira mamá, me dijeron que no te dijera, pero te lo voy a tener que decir después de ver tu santa terquedad.  Me dijo el médico… que tienes… ¡metástasis en los huesos!

    –     ¿Qué, qué? ¿Qué quieren decir?

    –     Pues, pues… que posiblemente tienes cáncer.

   –   No, amor, ¡Para nada! ¡Para nada!, ¿Cómo que por una estúpida caída me salió cáncer? Fue sólo el golpe fuerte, ¿Qué no saben nada de física? tienen que medir la combinación de la velocidad en que caí, el golpe, mi peso y el del garrafón de 20 litros que me cayó encima,  no y no  ¡A mi no me van a convencer que tengo cáncer!  Sí “posiblemente”  tengo 7 fracturas del Sacro y una de la pelvis, pero ¡No CANCER!

   Mi hija se quedó muda, no sabía cómo decirme lo peor.

    –     ¡Mamá, por favor,  no seas tan terca! el doctor dice que… “no vivirás más de un mes, que tal vez ¡20 días!”

   –   Jajajaja y ¿qué dijiste? ¡Me voy a poner a llorar! ¿20 días? Perdóname hija, pero ¡qué idiotas están estos médicos!  ¿No me digas que tú les crees? No voy a permitir semejante atrocidad, no me voy a dejar hacer la biopsia, me digan lo que me digan y ya me quiero ir a la casa, aquí te lo juro ¡me van a terminar matando!

   Mi hija suspiró y me abrazó, ya no quiso decirme más, salió llorando del cuarto a buscar al médico para darle mi grandiosa respuesta.

   Unos días después me enteré, no recuerdo cómo, que mi hija había puesto en el dichoso Facebook, que “estaba agonizando y que me quedaban días”.  Mmmm, ahora comprendía las visitas de los parientes y amistades que hacía mucho no veía.

Hacía calor, estábamos a principios del mes de junio, le pedí de favor a la “cascarrabias”  de la enfermera que me apagara el aire acondicionado y me abriera las dos ventanas del cuarto. No dijo nada e hizo lo que le dije.

  Dormí pegada a la ventana, viendo hacia las estrellas, miraba con mucho detenimiento el árbol pegado a la ventana del cuarto. Pensaba cuántas cosas dejaría de este mundo tan hermosas. En la madrugada apenas si amanecía, me despertaron los pájaros, sentía un no sé qué en mi ser, al escucharlos. Me sentía ajena, extraña, no sabía cuál era mi realidad, ni mi destino. No pude evitar llorar, sin dejar de ver para afuera de la ventana. Pensaba en que ya no vería a mis otras dos hijas que estaban muy lejos en otros países y mi hijo que también estaba más lejos en Japón.

   A partir de este momento, comencé a tener una dimensión muy diferente a la que toda mi vida tuve de la muerte y de la vida. Estaba ahí en el umbral de lo desconocido, de lo que vendría y de lo que fue y pudo ser.

   Todavía no se me terminaban las lágrimas de tanto llorar, cuando de pronto entró una enfermera nueva y me dijo que me llevaría al laboratorio  a hacerme unos análisis.  Me preguntó si me pasaba algo y le dije que no, que sólo estaba triste. Me ayudó a sentarme en una silla de ruedas que traía. Me sacaron sangre y me dieron un depósito de un galón que debía llenar con orina hasta que se llenara, eran para analizar si tenía algún indicio de la existencia del cáncer en mi cuerpo.

   Regresando al cuarto, llegó mi hija con la silla de ruedas que me había prestado Isabella, una toalla y otras cosas personales que le pidieron, pues pasaría varios días más en el hospital, también me llevó mi celular, que de inmediato me lo colgué en el cuello y lo puse en vibrador, pues están prohibidos los celulares, porque se los roban “yo creo”.  No sé cuántos días estuve ahí en ese cuarto, no lo recuerdo, pero el último día que me anunciaron que ya no me iban a hacer la biopsia, sentí que el alma me volvió al cuerpo, pero debido a eso, me cambiarían de cuarto. Extrañaría mi ventana al mundo, mis pajaritos, el árbol, el baño para mí sola, la privacidad y tranquilidad del cuarto y el clima que yo quisiera.

   Me dijeron que en 4 horas me harían el cambio. En ese lapso,  me quedé sola y tuve un encuentro con el “Creador”, comencé a sentir una luz en mi “ser” una tranquilidad indescriptible ¡YO NO TENIA NADA, NO MORIRÍA!  Me encomendé a El y le dije que ponía mi vida en sus manos, que me ayudara a convencer a los doctores de que no tenía nada, que prometía no llorar más y le dije “SEÑOR YO CONFÍO EN TI”. Con esta nueva actitud salí de ese cuarto a mi nueva área de atención.

   Una enfermera me trasladó en una silla de ruedas, con todos mis “cachivaches” y  en cuanto la enfermera me introdujo a esa área donde sería mi nuevo aposento,  sentí como si estuviera entrando a un congelador. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, ¡ahora seguro me matarían de frío! ¿Pobres enfermos, estarían aún vivos en ese “Polo Norte”? Quien sabe ¿cuántos sobreviviríamos?  ¡Oh Dios!

   Había 6 camas y 6 pacientes.  Era la primera vez en mi vida que me internaban en un hospital, ni siquiera cuando tuve a mis hijos, estuve más de dos días. Afortunadamente una amiga que vivía a unas cuadras del hospital, me llamó a mi celular, casi entrando yo a mi nueva cama, mi hija le avisó sólo a ella por estar cerca del hospital, por si se ofrecía y ser una de mis mejores amigas.  Le contesté sin que nadie me viera, y le dije:

–     Hola amiga, ¡Auxilio me están matando ahora de frío!  ¡Préstame una cobija y una almohada por favor! Me acaban de cambia a un área de 6 camas que está nevando y hace mucho frío.

   Creo que más rápido de lo que estoy tardando en contárselos, ella llegó con una cobija, una almohada y cositas para pintarme la boca, los ojos y peinarme. Yo casi nunca me pinto y no recuerdo que le haya pedido me llevara las pinturas, pero ella me contó riéndose, que yo se las había pedido, que se sorprendió que tuviera ánimo para eso.

   Quiero aclarar algo muy importante, el diagnóstico de metástasis, fue hecho por cuatro médicos diferentes, el primero fue por el ISSSTE, otros dos por familiares y otro un particular, por eso tanto los doctores como mis hijos estaban seguros de lo que ellos decían.

Cuando me visitaba alguien y me decía que me veía muy bien yo  les decía:

      –     ¡Estoy muy bien!  ¡Aunque ustedes no lo crean!  ¡Muy bien!

Y en verdad me veía y sentía muy bien. Mi mirada, mi carácter, mi coraje de defenderme y mi voz, me decían que estaba bien.

   La primera vez que me paré al baño de la “comunidad” con mi silla de ruedas-andadera, aproveché la parada para hacer algunas entrevistas a mis vecinos enfermos. Me presenté, les pregunté si alguno tenía frío y si les gustaría que le bajaran al aire. Unos  dijeron que se “morían de frío”, otros “que estaba muy helado” y uno “que no podía dormir de tanto frío”.  Entonces, les dije que por qué no les decían a las enfermeras, algunos me comentaron que ya les habían comentado, pero les decían que ellas no tenían el control del equipo.

   Regresando a mi cama y en cuanto apareció una enfermera le dije:

      –        Señorita por favor, ¿no hay manera de bajarle al aire un poquito?

     –        No tengo el control señora

    –     Mire pregúntele a los demás, tienen mucho frío, yo siquiera tengo mis buenas cobijas y  aún así tengo frío,  pero y  ¿ellos?

     Y levanté la voz diciendo lo último y algunos familiares de los enfermos, me apoyaron quejándose que tenían frío. Como éramos 6 enfermos y 5 nos estábamos quejando, como que no le quedó de otra a la enfermera, fue por el control y le bajó, instintivamente todos aplaudimos al mismo tiempo, sin ponernos de acuerdo. La enfermera, se rio, todos le dimos las gracias, pero nada más hubo cambio de enfermeras y nuevamente comenzó la pesadilla del frío y ya ninguno de nosotros dijo nada.

   Mis hijos me llevaron otra almohada, otra cobija, guantes, calcetines y una rica bufanda, parecía que estaba realmente en el Polo Norte y aunque parecía payaso, yo me los puse, soy muy friolenta y no me gusta el aire acondicionado, siempre me ha gustado estar en armonía con la naturaleza.

   Mi hija aprovecha la llegada de mi hijo y toman una ¡genial decisión! vender mi camioneta Ford Ranger 2008, 4 cilindros,  con 5,000 kms. recorridos  que yo  había adquirido apenas unos meses antes del accidente. El argumento de ambos por culpa de los médicos, fue que me “iba a morir”, pero a mi me dijeron que  terminaría en silla de ruedas y no podría manejarla y no tenía caso que me quedara con ella, que de una vez que ambos estaban en Hermosillo, ponerla en venta para irse tranquilos. Yo les decía que en verdad, todos estaban equivocados, que yo estaría bien, pero no, nada los convencía, era para mí “como nadar en contra de la corriente”.

   Cuando a mi me preguntaron si estaba de acuerdo en vender la camioneta, como aún me encontraba en el hospital “de la muerte”, no me quedó de otra, mas que aceptarlo, si todos decían que no volvería a caminar, a la “mejor” tenían razón y  luego ¿cómo lo vendería yo sola?  Con mucha tristeza pensaba en lo poco que la había usado y tendría que deshacerme de ella.

   Yo sólo estaba esperando los resultados del laboratorio, más lo que se les ocurriera a los doctores diagnosticarme. Ese día por la tarde me visitan dos médicos, un doctor Especialista en Tratamiento del Dolor y un Dr. Ortopedista.  El primer doctor, me pregunta:

       –    ¿Cómo se encuentra señora?

       –     Muy bien gracias doctor

       –     Quiero revisarla para ver cómo está.

   Me pone a hacer algunos ejercicios y movimientos y me duele mucho. Le digo que con la andadera o silla de ruedas me puedo parar con menos dolor. A lo que me comenta que no debería estarme parando, que debería estar en total reposo. Sólo le dije que estaba bien, aunque yo sabía que no lo haría. Me dice:

       –      Señora le voy a dar un tratamiento para el dolor que le va a ayudar mucho.

      –       No doctor, no quiero nada

      –       Pero cómo, ¿por qué? ¿es masoquista?

    –      No, doctor, pero si en 21 días no me dieron nada bueno para el dolor, y no he tomado nada ¿Ahora para qué lo quiero? ¡Ya aprendí a manejar mi dolor!

    –      De veras señora, no sabe lo que dice, se lo pongo intravenoso y se va a sentir muy bien.

     –        No doctor, no trate de lavarme el coco, no quiero.

    –        Mire, le pongo una dosis pequeña, para que no sienta que la estoy drogando con ese medicamento, es muy suave y muy buena. ¿Quiere probarla?

   Me lo dijo en tan buen tono y tan amablemente, que me convenció, ya me sentía tan cansada que acepté. Me felicita y garantiza sentirme muy bien. Se despide y más tarde me lo pondrían. Hace ahora acto de presencia el Ortopedista, que ya lo conocía de otras consultas anteriores.

   Me saluda:

  • Buenas tardes señora, ¿Tiene por ahí las últimas radiografías?
  • Sí están ahí abajo en el buró.
  • Bien, le tomaron varias del tórax y del sacro, ¿verdad?
  • Así es doctor, no ve ¿cómo resplandezco?
  • Jajajaja

   Me puso igual a hacer movimientos con las piernas, algunos me dolían más que otros.  Me dice sin ningún tacto:

       –       ¿Está usted consciente de que ya no va a volver a caminar?

       –      ¿Cómo doctor? a ¿qué se refiere?

     –       Que en unos 6 meses usted comenzará a sentirse mejor y tendrá que usar silla de ruedas o muletas.

       –      No, doctor, eso no es posible.

       –      Claro señora, tiene que asimilarlo ¿está por aquí algún familiar suyo?

       –       No de momento, no. Entonces ¿usted viene a convencerme de que ya no

caminaré normalmente?

      –    No es que venga a convencerla, es a darle a conocer, cuál será su situación, su realidad de aquí en adelante.

     –     Mire doctor, permítame que lo contradiga, pero más pronto de lo que usted se imagina, me presentaré en su consultorio y le bailaré un “jarabe tapatío”

      –     ¡Ah! Caray señora, ¡qué positiva me resultó!

     –      Así es doctor, ¿qué apuesta?

     –      No, no apuesto nada, yo soy el médico y sé lo que tiene.

     –     Ok, dígalo como quiera, yo ¡voy a caminar muy pronto sin muletas ni nada!

    –     Le digo señora, que la felicito por su positivismo, qué más desearía yo, pero tiene que entender, que hay cosas que no pueden ser como uno quisiera. Por favor, cuando venga uno de sus parientes, dígale que quiero hablar con él.

    –     Ok, doctor, gracias por venir a verme y recuerde, que pronto pasaré a saludarlo a su consultorio, “doctorrrrr”

   El doctor despidió riéndose. En cuanto se fue él, apareció la enfermera con “la fórmula mágica para el dolor”. Me recosté y accedí a que me canalizaran para ponérmelo.

   Me tiré a descansar plenamente, ya me merecía ¡un buen descanso! Respiré profundo y me dispuse a dormir. En esa área estaban 5 pacientes más en sus respectivas camillas, 4 enfrente y uno a mi derecha. Unas tranquilas dormidas y otras platicando con sus parientes o familiares que las visitaban. Cada cama estaba rodeada de unas cortinas para dar privacidad a los pacientes. Seguía haciendo mucho frío, definitivamente confirmaba que si no te mueres a causa de la enfermedad  por la cual te internaron, seguro que con ese frío te da pulmonía. Es verdaderamente inhumano el frío que se siente ahí, había gente foránea que no iba preparada y ¿cuánta gente más pasará esos contratiempos?

   Me acomodé suavemente para dormir del lado que menos me dolía, cuando de repente comencé a tener ganas de vomitar. Le hablé a la enfermera, casi gritando, no venía nadie. Luego se me comenzó a nublar la vista. Me disminuyó el sentido del oído.  Comencé entonces gritar más fuerte, me asusté y los familiares de otros pacientes, fueron a llamar a la enfermera. Le dije:

      –      Quiero vomitar señorita, tráigame algo, para vomitar, pero ¡rápido!

Regresó corriendo con una bata de enfermos para que vomitara ahí.

Le dije:

      –     ¿Qué no tienen en qué vomitar? ¿quiere que vomite en la bata? No, señorita, por favor tráigame un basurero, ese por favor, señalando a uno que estaba enfrente y comienzo a devolver el estómago en el piso. La enfermera me pregunta:

       –       ¿Qué le pasa?

      –       No sé, me siento muy mal. Como que no veo y no oigo bien. Me revisó el pulso se retiró rápido.

   Me acordé de lo que me acababan de poner hacía apenas 10 minutos y rápido que me arranco la aguja de la muñeca.  Me comenzó a salir sangre. Me la detuve con la dichosa bata. Se salía el líquido del frasco que me estaban canalizando y sólo lo subí a la cabecera.  Comencé a sentir mucha sed, la enfermera no venía, un familiar de otro paciente me regaló una botella de agua, como de medio litro. Le di las gracias. Me la bebí de un solo golpe, casi de inmediato comencé a sentirme mejor. Cuando va regresando la enfermera con unas personas de la limpieza y ve todo lo que había hecho con la aguja de mi brazo, además de la vomitada anterior, me dice:

        –      Pero señora, ¿qué le pasa por qué hizo todo ésto?

       –      ¡Quiero hablar con el director!

       –       Señora, tranquilícese, ¿dónde están sus familiares?

      –        No sé, han de estar arreglando “algo” de todo lo que me han hecho ustedes.

      –       Señora, ¡por favor! Se va a lastimar, a ver le reviso el brazo.

   Me revisa, me pone una gasa. Me tranquilicé un poco, pero me puse a llorar, le dije:

      –      Ya me quiero ir a mi casa, ¡por favor señorita, sáquenme de este hospital!

   En eso se acerca un doctor y pregunta qué pasa, la señorita le dice que me quería ir a mi casa. Me pregunta:

      –     ¿Por qué se quiere ir? ¿Quién la está viendo?

     –     ¡Muchos doctores! doctor, ya me quiero ir, ya me siento muy bien, le juro que ya no me duele nada, ya me quiero ir. (todo me dolía, pero lo que quería es salirme de ahí)

   Se pone a ver el expediente, se retira y va en busca de “mis parientes” o no sé en busca de qué, pero se va sin decir nada.

   Duré 10 días en total desde mi llegada al hospital. En mi octavo día, me dieron una ¡súper sorpresa!  Mi hijo había venido a verme desde Japón.  ¡Cómo me alegre verlo! ¡Qué sorpresa! Me levanto 100% los ánimos. Se acercó a mí con sus ojos llorosos y le dije:

       –     Mi vida, no creas nada de lo que te dijeron, en verdad estoy bien

       –      Sí mamá, lo sé, ¡te veo muy bien!

   Me dio un fuerte abrazo y me beso con mucho amor y ternura. No había mejor medicina que eso, pero el susto que le dieron a él, para tener que viajar de urgencia alrededor de 29 horas desde Japón, debió ser tremendo,  eso nadie se lo quitaría. Me comentó que se le hizo eterno el viaje, aunque ya había venido anteriormente a Hermosillo en 3 ocasiones…

CINCO

(Aquí poco después de quitarme la aguja, con mi hijo)

   Pasan unos 15 minutos y aparece mi hijo, le comento lo que pasó y que me quiero ir a la casa. Se asusta, se va a buscar rápido a mi hija y ambos se dirigen nuevamente con el Director del Hospital.

   Media hora después, llegan ambos con el director del hospital, se me acerca y me pregunta:

      –     Señora, ¿ha tenido problemas?

     –     Sí muchos doctor, ya me quiero ir a mi casa ahorita mismo. Me han intentado matar dos veces y me han robado dos anillos.

      –      Pero señora ¿Cómo puede decir eso? Jajajajaja debe ser una broma.

Mis hijos interrumpen y le dicen:

    –   No doctor, ya le hemos comentado algunos problemas que ha tenido mi madre desde que entró a este hospital.

    –     Bueno, veré cómo los puedo ayudar

Le digo:

    –   Mire doctor, si en verdad me quiere ayudar, subsídienme otro hospital.

   –    Déjenme decirles que de acuerdo a lo que ustedes me solicitaron ayer, los estudios que le mandé hacer a su mamá sobre el cáncer, ya tengo los resultados. Efectivamente, no tiene metástasis, pero sí le encontramos que tiene osteoporosis.

   –  ¡Mmm ahora con eso! ¿La cosa es que de aquí del hospital tengo que salir con alguna enfermedad, doctor?

   –   No, no para nada señora.  He solicitado le hagan un estudio completo para verificar lo de la osteoporosis en el Hospital del Noroeste para mañana mismo.  ¿Qué le parece? Y si quiere hoy mismo la despachamos a su casa.

     –     ¡Claro, ahorita mismo me voy, doctor!

    –    Bueno, voy a llenar los papeles del alta para que salga, le voy a dar también el pase para el Hospital del Noroeste.

   Casi le beso la mano de la emoción que sentía, le di las gracias. Mis hijos me abrazaron, me ayudaron a recoger mis cosas y nos sentamos a esperar “mi liberación.”

   Una hora más tarde, ya estaba en casita.  Mi hijo se quedaría conmigo un mes para terminar de cuidarme. Me sentía tan feliz en muchos aspectos, era como comenzar de nuevo, era como si hubiera nacido ese día y más en compañía de mi hijo que me atendió como una reina.  Casi llegando, ponemos en venta la camioneta y en dos días se vende a $90,000.00 de equivocación, pues yo la había puesto en el periódico que a $110,000.00. A la hora que pasaron a verla, mi hijo los atendió y yo estaba dormida y no quiso despertarme. Mas tarde mi hijo me da la sorpresa, al despertarme, me enseña el fajo de billetes me sorprende ver tanto dinero y le pregunto:

      –      Y ¿todo este dinero mijo?

      –      Es por tu camioneta mamita

   Con una sonrisa de oreja a oreja y muy contento me lo entregaba.

     –     Pero mijo, la camioneta costaba $110,000.00, ya habían personas que me daban el dinero en el momento

       –      Oh! ¿Sí mamá?

      –      ¡Sí mijo!

      –      ¡Qué pena mamá! Disculpas, pero él me dijo:

      –       Aquí tiene los $90,000.00

     –     Yo los tomé, pensé que tú habías quedado con él en eso y como estabas dormida, ya no dije nada.

    –    Sí, yo ya había hablado con él y él estuvo de acuerdo que en $110,000.00, pero bueno ya ni modo.

   Llegó mi hija y luego, luego comenzó a sacar cuentas con los $90,000.00,  me pidió prestados $50,000.00 para pagar la guardería que debía de los niños y me devolvió $40,000.00, pero como ella me debía tres tarjetas de crédito que yo estaba pagando, preferí que mejor se liquidaran de menos dos de las tres tarjetas, pues si me pasaba algo, que de menos se quedaran menos deudas. Mi hijo estuvo de acuerdo sólo en pagar las tarjetas, pero no en pagarle la escuela, pero yo no tenía  muchas alternativas de momento. Yo acababa de regresar del hospital y la verdad, estaba muy débil y muy cansada, que no le di mucha importancia a nada de esto, había estado en el umbral de la muerte y ahora lo que quería era relajarme, descansar y disfrutar de mis hijos antes de que se fueran. Mi hija y los niños se fueron a los pocos días, me dejaron a la perrita.

SEIS

   Mi hijo se quedó conmigo casi el mes y le tocó acompañarme con el Ortopedista, “sin cita”, iba con muletas y ya podía caminar un poco.  Salió un  paciente del consultorio del doctor y le pedí permiso al que seguía que no me tardaba, que sólo venía a mostrarle “algo” al doctor. Como iba con las muletas, rápido me dieron el paso. Entramos mi hijo y yo y le dije al doctor:

      –      Sabe ¿quien soy doctor?

     –      Pues no, señora, ¿usted es la paciente que sigue

     –     No, doctor, soy la paciente que viene a bailarle un “jarabe tapatío”.

  Se me quedó viendo con los ojos muy abiertos, apenas tenía dos meses y medio del accidente. Puse las muletas por un lado y comencé a caminar despacito hacia el lado opuesto de donde él estaba. ¡Ciertamente, el doctor no daba crédito! Se quedó muy sorprendido y le pregunto:

     –      ¿Quiere que le baile el jarabe tapatío, doctor?

   –   ¡Increíble señora, increíble!  No, señora, ¡para nada, para nada!, debe tener mucho cuidado y tratar de reposar para que terminen de pegar bien los huesos, pero sí me ha dejado sorprendido y la felicito, su actitud es la que ha hecho todo y déjeme decirle, que ¡NUNCA MAS QUIERO VOLVER A VERLA POR AQUÍ!

     –     ¿Pero cómo? ¿Me está Usted corriendo doctor?

    –    No, señora la ¡estoy dando de alta! y ¡nuevamente la felicito!

   Curiosamente, cuando tuve la incertidumbre de si moría o no, nunca pensé en mis cosas materiales, ni me acordé de ellas, ni me acordé de la Bianca,  ni en lo bueno, ni en lo malo, sólo pensé en mis hijos, todo desapareció a mí alrededor.

   Sin embargo, en el mes de septiembre de este año 2013, hice mi testamento y puse todo en orden, ya tengo hasta preparado lo de mis donaciones en el Centro de Salud y mi incineración, seguro firmado, instrucciones de cómo distribuir cada clavo en mi casa y qué hacer con mis cenizas y comencé a repartir todo lo que tengo en vida, todo listo como si me fuera a ir de viaje el día de mañana, porque hoy tengo bien claro, que hay que vivir la vida como si hoy fuera el último día, haciendo las cosas lo mejor posible,  porque si algo hay seguro, es que ese día llegará inevitablemente cuando uno menos lo espere. Mis hijas al ver que estaba haciendo ésto, se asustaron mucho, más mi hijo que pensó que les estaba ocultando que tenía algo y ellos no lo sabían, pero les hice la aclaración de que estaba viendo el otro lado de la moneda de la vida y que quería dejar todo en orden.

   Mi experiencia de todo lo que me pasó, es que no siempre la última palabra la tienen los médicos, mucho tiene que ver con nuestra actitud, nuestra intuición y los designios de Dios. Que en cuestión de salud, siempre uno debe exigir sus derechos y defenderlos sin miedo. En relación con la venta de mi camioneta, sí me dio mucha tristeza perderla, pero a cambio me dejó mi hija su Dodge Durango 1998, 8 cilindros, mientras ella logra recuperar el dinero de mi Ranger. Lo más importante, no es que me haya quedado sin camioneta, porque me “iba a morir”, sino el que estoy muy agradecida con el Creador, porque puedo decir firmemente que soy un “milagro viviente” un testimonio de vida latente y estoy muy agradecida con Él, porque considero que me dio otra oportunidad, ya que yo misma no doy crédito de la forma tan sorpresivamente que me recuperé, en tan sólo 2 meses y medio, teniendo osteoporosis y 8 fracturas. Lo creo porque lo viví, mas si me lo hubieran contado, difícilmente lo hubiera creído. Igualmente estoy muy agradecida con mis 2hijos, que cada uno a su manera, estuvieron a mi lado en un momento tan difícil para ellos, como para mí.

   Otra cosa que aprendí de esta experiencia, es que todo puede cambiar en tan solo un “minuto”.  Decidí eliminar de mi vida, toda la energía negativa. Ahora elijo ser feliz, ver hacia el futuro y no más hacia el pasado.  De no haber sufrido lo que sufrí, de no haber vivido y sentido lo que viví, no lo creería, fue tan fuerte e intenso este pasaje de mi vida, que sólo Dios sabe lo que fue.

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